Catalina, hija del rey Costo, estudió desde niña las artes liberales. A los 18 años vivía huérfana, rodeada de criados y riquezas, bajo el dominio del césar Maximino, que, por aquella época, hacia el año 310, promulgó un edicto, ordenando que acudieran a Alejandría todos los habitantes de la comarca, para ofrecer sacrificios a los dioses, castigando severamente a cuantos se negasen.

       Catalina se presentó ante él y mantuvo un largo debate sobre el creador del mundo y las leyes que lo rigen. Maximino, profundamente impresionado por su belleza y sabiduría, inquirió de la joven quién era comprendiendo que para ella lo único importante era Jesucristo, a cuyo amor vivía consagrada, y que no estaba preparado para debatir con ella, por ello mandó llamar secretamente a los más famosos sabios del imperio, y al enterarse Catalina, se encomendó al Señor, que por medio de un ángel, le hizo saber que no sólo derrotaría a sus oponentes, sino que que los convertiría y prepararía para recibir el martirio.

      Y así ocurrió: los oradores quedaron atónitos y se vieron obligados a guardar silencio, no siendo capaces de replicarle, por lo que todos ellos, convencidos por sus argumentos irrebatibles, se convirtieron al Cristianismo. El tirano se enfureció y les condenó a la hoguera, en la que murieron milagrosamente sin ser ni siquiera chamuscados por las llamas.

      Al negarse Catalina a ser primera dama del césar, mandó éste que la azotaran con cadenas y escorpiones, la encerraran en un calabozo oscuro y la mantuvieran incomunicada y sin alimentar. La emperatriz, acompañada del general Porfirio, se presentó secretamente en la prisión, quedando sorprendida al ver la mazmorra iluminada por los ángeles que curaban las heridas a Catalina, que le correspondió exponiéndole la doctrina cristiana y convirtiéndola a la fe de Cristo, anunciándole que, también ella, sería recompensada con la corona del martirio. Porfirio, conmovido por cuanto vio y oyó, se convirtió también y con él muchos de sus soldados.

      Durante aquellos días de prisión, Cristo la alimentó con un manjar celestial que una paloma blanca le llevaba a diario. Al ver tal prodigio, el césar quiso convertirla en reina y cubrirla de honores, pero catalina prefirió seguir consagrada a su esposo omnipotente y eterno que entregarse a un hombre despreciable y pendenciero.

      De nuevo le fue planteado el dilema: ofrecer sacrificios a los dioses o morir entre torturas. Los prefectos del emperador idearon unas ruedas cuajadas de agudísimos clavos y cuchillas que destrozarían su cuerpo. Catalina oró, y las ruedas saltaron en mil pedazos, hiriendo a sus verdugos. La emperatriz recriminó al emperador su crueldad que, colérico, ordenó que le arrancaran de cuajo los pechos, y luego le cortaran la cabeza. Y así fue martirizada, confortada por la santa. Porfirio consiguió enterrar su cuerpo reverentemente y se presentó al césar para decírselo, y exculpar a los soldados, haciéndole saber que también él era cristiano. La mayoría de los presentes manifestaron lo mismo y que estaban dispuestos a morir antes que renegar de su fe, por lo que, ciego de ira, condenó a todos a morir degollados.

      Y de nuevo intentó seducir a Catalina, esta vez ofreciéndole compartir el trono. Catalina declaró estar dispuesta a compartir los anteriores tormentos antes que aceptar sus proposiciones, y fue sentenciada a morir ese mismo día decapitada. Al oír esto, levanto los ojos al cielo y oró: " ¡ Señor Jesús, te suplico me escuches, a mi y a cuantos a la hora de su muerte, recordando mi martirio, invoquen tu nombre !" Entonces se oyó una voz de lo alto que decía: "¡ Ven amada mía, esposa mía, que ya están abiertas las puertas del paraíso, para acogerte en él !, ¡ Yo te prometo que ampararé a cuantos recuerden cuánto has sufrido por mí y honren tu memoria !"

       Instantes después, la espada cercenaba su cabeza, pero no brotó sangre, sino leche, y los ángeles recogieron su cuerpo y lo trasladaron al monte Sinaí, donde reposa desde entonces, exhalando un delicioso aroma que devuelve la salud a cuantos lo aspiran.

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